La historia de la Virgen de San Nicolás comenzó en una casa de San Nicolás de los Arroyos, ciudad bonaerense ubicada a orillas del río Paraná. Allí, el 25 de septiembre de 1983, Gladys Quiroga de Motta se encontraba rezando cuando aseguró haber visto por primera vez a la Virgen María.
De acuerdo con su relato, la aparición mostró a una mujer vestida de azul, con el Niño Jesús en brazos y un rosario en una de sus manos. Antes de ese momento, Gladys había observado que el rosario que tenía en su habitación se había iluminado.
Aquella experiencia no quedó como un hecho aislado. Con el paso del tiempo, la mujer afirmó haber tenido nuevas apariciones y dejó por escrito distintos testimonios relacionados con esos encuentros.
La noticia comenzó a difundirse y, poco a poco, San Nicolás se transformó en un lugar de peregrinación para miles de personas que llegaban desde distintos puntos del país para rezar, agradecer y pedir por distintas intenciones.
El reconocimiento de la Iglesia
La devoción se extendió durante décadas hasta que llegó el reconocimiento oficial. El 22 de mayo de 2016, monseñor Héctor Cardelli, entonces obispo de San Nicolás, firmó un decreto mediante el cual la Iglesia reconoció oficialmente el carácter sobrenatural de los acontecimientos vinculados con las apariciones.
Desde entonces, cada 25 de septiembre representa una jornada especial para quienes profesan esta devoción. La fecha vuelve a poner en el centro la historia iniciada en aquella primera aparición de 1983 y reúne a numerosos fieles alrededor de la Virgen del Rosario de San Nicolás.
Uno de los momentos que marcó especialmente esta historia ocurrió en 2013, cuando se cumplieron 30 años de la primera aparición y una multitud llegó a San Nicolás para participar de la celebración.
La oración de la Virgen de San Nicolás
Para quienes desean rezar en esta fecha y encomendarse a la Virgen, existe una oración de consagración que forma parte de esta devoción:
¡Oh Madre, quiero consagrarme a ti!
Virgen María, hoy consagro mi vida a ti.
Siento necesidad constante de tu presencia en mi vida, para que me protejas, me guíes y me consueles.
Sé que en ti mi alma encontrará reposo y la angustia en mí no entrará.
Mi derrota se convertirá en victoria, mi fatiga en ti fortaleza es.
Amén.