Se llamaba Nikola Tesla. Era lector voraz, amigo de Mark Twain, admirador de Voltaire y tenía una mente que se dispersaba en muchas direcciones a la vez y  parecía no parar nunca. Tampoco su odio a Edison lograría frenarse. Pero lo que más lo definía, lo que ningún biógrafo terminó de explicar del todo, era esa combinación extraña entre el genio y el desamparo: Tesla se preocupaba mas por inventar que por patentar  y cuando George Westinghouse, el único empresario que había creído en su visión, le explicó que podría perder el control de la empresa si no protegía sus derechos, Tesla borró la cláusula de regalías de su contrato. Y siguió inventando.

Terminó viviendo en hoteles de mala muerte que le pagaba Westinghouse. Uno de ellos fue el New Yorker. Ahí una mañana de 1935 una paloma desorientada entró por la ventana de una habitación. Mientras los empleados no sabían qué hacer con el ave, Tesla, que tenía setenta y ocho años, se ofreció a cuidarla.

Ya había sido echado de varios lugares porque en sus habitaciones encontraban rastro de excrementos de paloma justo él que tenia terror a la suciedad, a los gérmenes y a las bacterias. Evitaba dar la mano a otras personas y exigía que todo estuviera esterilizado. Pero no tenía tantas exigencias  con las palomas.

Caminaba todos los días hasta los parques para alimentarlas. El poco dinero que le quedaba lo gastaba en veterinarios que curaran alas rotas y patas lastimadas. A veces las llevaba a su cuarto y las cuidaba hasta que sanaban. Esa devoción rozaba la locura. Tesla administraba sus últimos billetes con una sola regla: primero comían las palomas, después él.

Una de sus peores humillaciones fue haber recibido la Medalla Edison. Era de oro puro. La situación acuciaba y aceptó el premio que llevaba el nombre del tipo que mas odiaba en el mundo, solo  para venderla y poder  pagar algunas deudas de hoteles,  sueldos. Y comida para  las palomas.

Había una muy particular. Una  paloma blanca, con las alas que terminaban en puntas de color gris claro que  lo visitaba todos los días. Y no importaba dónde estuviera Tesla. Solo la tenía que llamar y ella volaba hacia  él.

Eso decía Tesla.

Se lo dijo a su biógrafo, John O’Neill: «Reconocería esa paloma en cualquier lugar. No importaba dónde estuviera, esa paloma me encontraría; cuando la deseaba sólo tenía que desearla y llamarla y ella vendría volando hacia mí. Ella me entendió y yo la entendí. Me encantaba esa paloma».

Cuando la paloma enfermó y  murió  despidiendo un haz de luz blanca de sus ojos, Tesla no volvió a inventar nada.

¿Quién es Marcelo Sicoff?

Marcelo I. Sicoff (Junín, 1970) es psicólogo, técnico en Comunicación Social y autor de los libros Crónicas de Baigorria y Acompañamiento en la vida cotidiana. Su obra ha sido distinguida por la Fundación El Libro, la Asociación Psicoanalítica Argentina y la UNPAZ, y fue finalista de los premios internacionales Fundación UNIR (Zaragoza) y Javier Tomeo (España). Edita el blog Crónicas de Baigorria.

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