Es el plano de un edificio gigante. De un hotel. Había pensado en dos versiones, por eso dibujó un plano conceptual y lo dividió. A la izquierda hizo un diseño lujoso con grandes ventanales, a la derecha una opción más sobria y sencilla. Lo había dividido para que eligieran. Izquierda o derecha. Una o la otra. Pero el sello autorizando la construcción estaba en el medio. Ni a la izquierda ni a la derecha. En el centro.

Él, en la Rusia de Stalin, era un emblema de la arquitectura comunista. Había construido el mausoleo de Lenin, la Estación de Kazán y el Edificio Narkomzem, pero eso no le garantizaba nada. El plano que lo desvelaba era el del Hotel Moscú, que se iba a construir en el corazón de la ciudad, a unos pasos de la Plaza Roja y cerca del Kremlin. El proyecto ya venía mal parido y eran los tiempos de la Gran Purga: la NKVD ya se había cargado a unos cuantos camaradas, por lo que convenía no exponerse con Stalin, para no correr la misma suerte.

Como nadie se animó a pedir una aclaración, Shchúsev y su equipo tomaron la única decisión lógica para seguir con vida: construir las dos mitades como estaban en el dibujo.

La torre izquierda se levantó con imponentes ventanales, molduras ornamentadas y detalles neoclásicos que recordaban a la Rusia zarista. La torre derecha, en cambio, se construyó lisa, austera y rígida, con ventanales más pequeños que respondían al canon funcionalista soviético. A medida que el hormigón avanzaba, el Hotel Moscú se convertía en un monstruo arquitectónico. En el centro, donde las dos mitades debían encontrarse, la simetría colapsaba. Pero la obra avanzaba a paso firme. Era preferible levantar un edificio deforme que terminar con un tiro en la nuca.

Cuando las obras concluyeron en 1935, el hotel se inauguró con bombos y platillos. Stalin paseó por la Plaza Roja, miró la fachada asimétrica desde la distancia y no dijo una sola palabra. Nadie supo jamás si notó el engendro, si le pareció bien o si simplemente le importó un carajo.

El Hotel Moscú duró casi setenta años. Sirvió para alojar delegaciones extranjeras y sobrevivir a la caída de la Unión Soviética. Hasta que las autoridades moscovitas decidieron que ya era suficiente y ordenaron tirarlo abajo.

Cuando en 2004 los obreros empezaron a demoler el hotel, el edificio empezó a confesar. Primero aparecieron los micrófonos: el hotel que Stalin había construido para alojar visitantes era también, desde siempre, un oído. Cada habitación escuchaba. Pero eso era esperable, era la Unión Soviética, era Stalin, era el siglo veinte.

Lo que no era esperable estaba más abajo.

En los cimientos encontraron treinta cajas con más de mil cien kilos de TNT. Las habían enterrado en el otoño de 1941, cuando las tropas alemanas rodeaban Moscú y Stalin había dado una orden secreta: si la capital caía, los edificios clave volarían por los aires antes de que el enemigo los ocupara. El objetivo específico del Hotel Moscú era Goebbels. La inteligencia soviética sospechaba que el ministro de propaganda del Tercer Reich establecería allí su cuartel general. Moscú no cayó. Goebbels nunca llegó. Y durante sesenta años, mientras los huéspedes dormían en sus camas sin saberlo, una tonelada de TNT esperaba en silencio en el subsuelo.

El terreno quedó vacío algunos años. Hasta que la nueva burocracia tuvo una idea genial: construir un hotel. Moderno. Funcional. Cuando se llamó a licitación para el nuevo hotel las autoridades pusieron una sola condición: el edificio debía reproducir con exactitud la fachada del original. La asimetría ya no era un error de un arquitecto aterrorizado. Era patrimonio histórico protegido. Era, oficialmente, lo que el Hotel Moscú siempre había querido ser. Así se volvió a construir el Hotel Moscú, con una torre lisa a la derecha y una ornamentada a la izquierda.

En 1938, tres años después de que el hotel abriera sus puertas, la destilería estatal puso el Hotel Moscú en la etiqueta del vodka Stolichnaya. Desde entonces, durante décadas, millones de personas en todo el planeta brindaron contemplando en la etiqueta un edificio cuya mitad izquierda no coincidía con la derecha, sin sospechar que tenían en la mano la prueba gráfica del terror de un arquitecto que prefirió construir un monstruo de cemento antes que hacer una sola pregunta.

¿Quién es Marcelo Sicoff?

Marcelo I. Sicoff (Junín, 1970) es psicólogo, técnico en Comunicación Social y autor de los libros Crónicas de Baigorria y Acompañamiento en la vida cotidiana. Su obra ha sido distinguida por la Fundación El Libro, la Asociación Psicoanalítica Argentina y la UNPAZ, y fue finalista de los premios internacionales Fundación UNIR (Zaragoza) y Javier Tomeo (España). Edita el blog Crónicas de Baigorria.

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