El 12 de marzo se celebra el Día Internacional del Glaucoma, una jornada creada con el objetivo de concientizar a la población sobre los riesgos de esta enfermedad ocular que afecta a millones de personas alrededor del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el glaucoma es la segunda causa más frecuente de pérdida de visión, y muchas personas no son conscientes de tenerla hasta que la enfermedad avanzó considerablemente. Este trastorno ocular, que se caracteriza por la degeneración del nervio óptico, es progresivo y puede llevar a la ceguera si no se detecta y trata a tiempo.

La Asociación Mundial del Glaucoma (WGA) y la Asociación Mundial de Pacientes con Glaucoma (WGPA) promueven esta jornada con el objetivo de motivar a las personas a realizarse chequeos oftalmológicos regulares. Dado que el glaucoma suele ser asintomático en sus primeras etapas, es fundamental someterse a exámenes periódicos para detectar la enfermedad antes de que cause daños irreversibles. A través de una revisión temprana, los médicos pueden implementar tratamientos que desaceleren su progreso, ayudando a preservar la visión del paciente.

Existen dos tipos principales de glaucoma. El glaucoma crónico de ángulo abierto, que es el más común, no presenta síntomas evidentes en sus primeras fases. El paciente puede no notar alteraciones en su visión hasta que ya se haya producido una pérdida de visión periférica. Por otro lado, el glaucoma de ángulo cerrado o de ángulo estrecho es más agresivo y puede generar un aumento rápido de la presión ocular, causando dolor intenso, visión borrosa y otros síntomas como náuseas y dolor de cabeza. Este tipo de glaucoma es considerado una emergencia médica y requiere atención inmediata.

La detección temprana es crucial para prevenir la ceguera. La OMS recomienda que, a partir de los 40 años, las personas se sometan a revisiones oftalmológicas periódicas, cada dos o cuatro años, dependiendo del caso. Las pruebas que permiten detectar el glaucoma incluyen la medición de la presión ocular, la evaluación del nervio óptico, la prueba de campo visual, entre otras. Para aquellos con factores de riesgo como cirugías oculares previas o una historia de miopía severa, los controles deben ser más frecuentes. La clave para evitar la pérdida total de la visión es una detección precoz, que permite un tratamiento efectivo y mejora la calidad de vida de los pacientes.