Se encerró en su casa, revisó sus libros de derecho y al rato salió apurado a la oficina de César Jiménez Fuenzalida, el notario público de la ciudad. Amparado en las rendijas de la ley chilena, pidió inscribir a su nombre un bien que nadie había reclamado jamás como propio.

Fuenzalida lo miró desconcertado. No una vez. Varias. Y después, casi con vergüenza, le preguntó si era verdad eso que quería hacer.

—Sí, respondió Jenaro.

Durante tres días publicó avisos en el diario local informando lo que iba a hacer. Como nadie se presentó a reclamar la propiedad ni a oponerse al trámite, avanzó con la escritura, la publicó en el Diario Oficial y el 25 de septiembre de 1954 pasó por la escribanía de Fuenzalida para firmar los papeles. Salió a la calle con su título de propiedad en la mano.

Según el diario estadounidense The Evening Independent, toda la operación le costó exactamente un dólar. Los primeros en enterarse fueron los miembros del Club de Talca, que leyeron el documento, le pidieron disculpas y lo aceptaron como socio.

La novedad cruzó la cordillera, saltó a los diarios europeos y estalló en Estados Unidos. De la noche a la mañana, el humilde abogado de provincia se había convertido en el terrateniente más colosal del planeta. Muchos lo trataron de lunático, pero él se defendía con una elegancia socarrona ante los corresponsales extranjeros: «Muchas veces me llamaron loco, pero nunca estúpido».

Un día golpearon la puerta de su casa. Eran los inspectores del Servicio de Impuestos Internos que, con cara de circunstancia, le notificaron que si no pagaba lo que correspondía iba a ser acusado por evasión fiscal. Jenaro no se inmutó y los despachó con una sonrisa:

—Vayan a tasar el terreno. No quiero hacer trampa con mis impuestos, pero como no sé el valor de la propiedad, háganlo ustedes y díganme cuánto tengo que depositar.

Los inspectores nunca volvieron. Al fin y al cabo, nadie sabía cómo cobrarle aportes inmobiliarios al dueño de la Luna.

El acta que hasta hoy se conserva en el Archivo Judicial de Santiago dice: “Jenaro Gajardo Vera, abogado, es dueño, desde antes del año 1857, uniendo su posesión a la de sus antecesores, del astro satélite único de la Tierra, de un diámetro de 3.475,00 kilómetros, denominada LUNA, y cuyos deslindes por ser esferoidal son: Norte, Sur, Oriente y Poniente, espacio sideral.”

Jenaro Gajardo Vera murió en 1998, viejo, pobre y con un único bien a su nombre.

En su testamento redactó una última cláusula que parecía sacada de un poema de Neruda:

“Dejo a mi pueblo la Luna, llena de amor por sus penas.”

¿Quién es Marcelo Sicoff?

Marcelo I. Sicoff (Junín, 1970) es psicólogo, técnico en Comunicación Social y autor de los libros Crónicas de Baigorria y Acompañamiento en la vida cotidiana. Su obra ha sido distinguida por la Fundación El Libro, la Asociación Psicoanalítica Argentina y la UNPAZ, y fue finalista de los premios internacionales Fundación UNIR (Zaragoza) y Javier Tomeo (España). Edita el blog Crónicas de Baigorria.

WhatsApp-Image-2026-05-03-at-11.19.25-546x728