Hay metas que no se miden en kilómetros, sino en emociones. Para Marcos Monetta, vecino de Totoras, completar los 42 kilómetros de la Maratón Internacional de Rosario, disputada el pasado 28 de junio, significó mucho más que convertirse en maratonista: fue cumplir una promesa hecha a su madre Adriana, fallecida hace tres décadas.

Marcos terminando la maratón de Rosario

“El domingo realicé mi primera maratón de 42 kilómetros. Fue mucha emoción. Era una promesa a mi madre, que desde el cielo me empujó. Fue pura emoción y satisfacción haber logrado algo tan hermoso por ella”, expresó a IRÉ

“El domingo realicé mi primera maratón de 42 kilómetros. Fue mucha emoción. Era una promesa a mi madre, que desde el cielo me empujó. Fue pura emoción y satisfacción haber logrado algo tan hermoso por ella”

Su historia con el running comenzó hace apenas cinco años. En ese momento pesaba 128 kilos y decidió empezar a correr junto a un grupo de amigos. Poco tiempo después se incorporó al equipo G.A.P.P., dirigido por Gustavo “Popeye” Pérez, de San Genaro, donde encontró mucho más que un entrenamiento.

“Gracias al running equilibré mi vida y mi salud”, asegura.

“Gracias al running equilibré mi vida y mi salud”

Cuando tomó la decisión de correr su primera maratón, Marcos hizo una promesa que lo acompañó durante toda la preparación: dedicar esos 42 kilómetros a su mamá, Adriana.

El camino hacia la meta estuvo lejos de ser sencillo. La preparación comenzó en enero de este año, pero una lesión lo obligó a detener los entrenamientos durante un mes.

“Todo parecía indicar que no iba a poder prepararme, pero siempre sentí que mi mamá me empujó para seguir adelante”, recordó.

“Todo parecía indicar que no iba a poder prepararme, pero siempre sentí que mi mamá me empujó para seguir adelante”

A pesar de ese contratiempo, acumuló 1.300 kilómetros de entrenamiento entre madrugadas, calor, frío, lluvia, rutas, caminos rurales y las calles de Totoras. Un esfuerzo constante que también tuvo el acompañamiento de su entrenador Gustavo “Popeye” Pérez, quien lo respaldó durante todo el proceso.

La semana previa a la carrera también estuvo marcada por una fuerte carga emocional. Apenas cinco días antes de la largada, su hijo Francisco se mudó a Japón.

“Yo quería que estuviera en la llegada. Todo se hacía más difícil porque la familia en esto es fundamental”, contó.

“Yo quería que estuviera en la llegada. Todo se hacía más difícil porque la familia en esto es fundamental”

Durante la competencia llegó el momento más crítico. Fue alrededor del kilómetro 30, cuando las piernas empezaron a sentir el desgaste propio de una maratón.

“Sentí que mi mamá me empujó cuando todo empezaba a hacerse más difícil.”

Y finalmente llegó el instante que soñó durante meses. Al cruzar el arco de llegada, levantó la vista al cielo y gritó con todas sus fuerzas:

“¡Lo logré, mamá!”

Fue la carrera número 35 de su vida, pero la primera sobre la mítica distancia de los 42 kilómetros.

“Me recibí de maratonista. Significó la emoción más grande y un orgullo que será eterno. Será siempre la carrera más hermosa que competí”, afirmó.

Marcos también destacó el acompañamiento de quienes estuvieron a su lado durante todo el proceso: su entrenador Gustavo “Popeye” Pérez; el grupo de Mónica Almirón; sus compañeros de entrenamiento “El Chaca” y Pablo Demarchi; el masajista Diego Ojeda; y, especialmente, su familia y sus hijos, Olivia y Francisco.

Marcos con su sobrino
Marcos con su entrenador

Su historia de superación comenzó mucho antes del running. A los 36 años atravesó una enfermedad de colon que lo llevó a someterse a tres operaciones en un mismo año.

“Hoy poder correr es una bendición”, resume.

“Hoy poder correr es una bendición”

Lejos de conformarse con este logro, Marcos ya tiene un nuevo objetivo. El próximo 20 de septiembre volverá a correr los 42 kilómetros, esta vez en la Maratón de Buenos Aires, donde buscará mejorar su marca.

Sin embargo, más allá del cronómetro, sabe que la victoria más importante ya la consiguió: honrar la memoria de su mamá y demostrar que, con esfuerzo, perseverancia y amor, no existen metas imposibles.